Experiencias Afectivas

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ENVIDIA

A partir de ahí este momento fue tal el auge y la autoridad que adquirieron mis lecciones que, incluso aquellos que anteriormente seguían con más entusiasmo al maestro y aborrecían al máximo mi doctrina, volaron a mis clases.  El mismo que había sucedido a mi maestro en la cátedra parisiense, me ofrecía ahora su puesto y se unía a los demás para seguir mi magisterio, allí donde antes había florecido su maestro y el mío.  A los pocos días de tomar las riendas del estudio de la lógica, no es fácil expresar la envidia y el dolor que comenzó a atacar y roer a mi maestro.  Sin poder aguantar la mordida de la miseria que le devoraba, empezó, ya entonces, a derribarme de una manera solapada.  No teniendo nada abiertamente contra mí, intentó quitar las clases –alegando los más bajos crímenes- a aquél que me había concedido su magisterio, en beneficio de un antiguo rival mío que le había sustituido en su puesto.  Volví de nuevo a Melum y seguí dando mis clases como lo había hecho anteriormente.  (Cartas de Abelardo y Eloísa, siglo XII)

 

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DUELO

LA AMADA INMÓVIL (Fragmento)

Esta muerte ha sido la amputación más dolorosa de mí mismo.  Un hacha invisible me ha dado un hachazo en mitad del corazón.  Los dos pedazos de la entraña quedaron allí trémulos, entre borbotones de sangre.  Luego uno de ellos fue arrebatado por el brazo omnipotente de la muerte, y el otro, el otro, mísero, siguió latiendo, latiendo… La tremenda rudeza del golpe no pudo apagar el ritmo de la vida… Siguió latiendo, sí, la triste entraña mutilada; siguió latiendo entre los coágulos obscuros, y late todavía.

[…]

El tormento empero de esta mutilación, de esta cirugía brutal de la muerte, no consiste para mí, precisamente, en la separación, en el dolor atroz que trae aparejado; consiste, sobre todo, en una idea irremovible, indescepable, que pesa sobre mi corazón y gravita sobre mi alma despiadadamente: la idea de que la vida, en cuyos  brazos no somos más que míseras briznas de heno, ha de recobrar por fuerza sus fueros y me ha de traer por fuerza el olvido.  Esta idea me es tan intolerable, que me hace desear fervorosamente, apasionadamente la muerte.  En las cartas de pésame, en las palabras de consuelo de los amigos, esta idea horrible, hija de la milenaria experiencia de los hombres, se encuentra a cada paso: “Ya se resignará usted, ya olvidará usted.  Ya se tranquilizará usted.  Ello es inevitable.  Nadie escapa a ese leteo… ¡Nadie! ¡Nadie!.  El dolor posee las mismas leyes rítmicas que el movimiento, y como un péndulo cuya oscilación disminuye de amplitud, la excitación de la angustia se apacigua y se cambia en una especie de apatía, como enseñan las metafísicas.  (Amado Nervo 1870-1919)

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DESENGAÑO

Ciego que apuntas y atinas,
Caduco dios, y rapaz,
Vendado que me has vendido,
Y niño mayor de edad,
Por el alma de tu madre
—Que murió, siendo inmortal,
De envidia de mi señora—,
Que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

Baste el tiempo mal gastado
Que he seguido a mi pesar
Tus inquïetas banderas,
Forajido capitán.
Perdóname, Amor, aquí,
Pues yo te perdono allá
Cuatro escudos de paciencia,
Diez de ventaja en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

Amadores desdichados,
Que seguís milicia tal,
Decidme, ¿qué buena guía
Podéis de un ciego sacar?
De un pájaro ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza de un rapaz?
¿Qué galardón de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

Diez años desperdicié,
Los mejores de mi edad,
En ser labrador de Amor
A costa de mi caudal.
Como aré y sembré, cogí;
Aré un alterado mar,
Sembré una estéril arena,
Cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

Una torre fabriqué
Del viento en la raridad,
Mayor que la de Nembrot,
Y de confusión igual.
Gloria llamaba a la pena,
A la cárcel libertad,
Miel dulce al amargo acíbar,
Principio al fin, bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

(Luis de Góngora, 1561-1627)

 

 

EUFORIA

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,

hoy llega al fondo de mi alma el sol,

hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…,

¡hoy creo en Dios!

 

(Gustavo Adolfo Bécquer, 1836-1870)

 

 

SOLEDAD

A MI SOLEDAD

Acaso tú no sabes, soledad,

lo que te debo.  Esta dicha de hoy

no sería tan honda si no hubiese

vivido en ti mi corazón

días y noches, con su viva llama;

si en ti no hubiese

un día, ya lejano, enloquecido,

y el mar buscado desesperadamente

hasta yacer junto a su luz tendida,

su verde orilla, su dorado seno

por ti más bello y puro, cual un astro

que no conoce el mundo al que da lumbre.

Soledad, es aquel fuego primero

de juventud, cuando el amor no era

sino un diario ensueño bien oculto

dentro del alma, aquella pena tuya

que ni en mi madre hallaba su consuelo,

aquella espina honda de estar solo

entre seres queridos, cuando al alma

le falta aquello que podría llenarla:

otra alma a la que amar, sintiendo el fuego

de su centro en los labios para siempre.

A aquella pena, soledad, tan tuya,

le debo lo que soy: mi alma y su dicha.

Y aquella pena me sostiene hoy,

me hace sentir lo hermoso de los días,

del alimento que ahora diariamente

colma mi vida, serenando el sueño,

dando paz a la sangre y la esperanza,

mientras los hijos crecen y su risa

recorre nuestra alma y la hace suya.

Por eso no te olvido, tú que diste

tanto frío a mi vida y tanta fiebre,

que fruto tuyo, soledad, me siento,

tú que mas honda que el amor semejas…

            (José Luis Cano, 1911-1999)

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ODIO

GALOPE

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

(Rafael Alberti, 1902-1999)

 

 

FELICIDAD

MOMENTOS FELICES

Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

 

(Gabriel Celaya, 1911-1991)

 

VACÍO

LA HERMANA DE FREUD (fragmento)

Pero hay gente que se siente vacía, y este vacío no es de los que se pueden llenar; se siente vacía como si llevara un desierto en sus entrañas, un desierto imposible de poblar.  El vacío atormenta a estas personas, les duele; sienten un deseo exasperado de llenarlo, al tiempo que les aterroriza la ignorada realidad que lo ocuparía, porque para ellos la realidad es siempre una amenaza, algo terrible, capaz de destruir su Yo vacío.  Andan por el mundo con el horrible vacío helado en el pecho, andan exhaustos por su presencia monstruosa, pero si en algún momento llegan a sentir que en el lugar del hielo puede aparecer un poco de calor, huyen despavoridos de lo que podría conducir al cambio.  Si no pueden huir, deciden que quienes serían capaces de llenar el vacío y aportarles algo de calor no son más que objetos; que todo ser humano no es más que un mecanismo preciso, no más animado que un reloj, y por tanto incapaz de desplazar el frío mortal de su vacío interior.  Pero cuando no consiguen escapar ni convencerse de que los demás son sólo unos mecanismos precisos, sienten que éstos van a mutilar su Yo, que lo triturarán por dentro, lo cual les llena de odio y de miedo. (Goce Smilevski, 1975…)

 

 

MIEDO

TÚ Y YO (Fragmento)

Vi que el del Lacio se tambaleaba levemente, cerrando y abriendo los ojos como si tratara de encajar el golpe.  Las narices le vibraban como a los perros que husmean una trufa.

 

-¿La culpa es mía? ¿Mía? ¿Qué yo te he dado? –Se puso en pie, abrió los brazos y gruñó -¿Qué coño estás diciendo, zorra?

 

Había llamado zorra a mi madre.

 

Quise desabrocharme el cinturón pero las manos me hormigueaban como si se me hubiesen dormido.

 

Mi madre se esforzaba por parecer segura.  Se había apeado del coche enseguida, bajo la lluvia, amable, dispuesta a asumir la responsabilidad si la tenía, no había hecho nada malo, y un tío al que no había visto en su vida la llamaba zorra.

 

“Zorra, zorra, zorra.”  Me lo repetí tres veces, saboreando el doloroso desdén de la palabra.  Ni amabilidad, ni cortesía, ni respeto, nada.

 

Tenía que matarlo.

 

Pero ¿dónde estaba la rabia? ¿El fluido rojo que me invadía cuando me fastidiaban? ¿La furia que me hacía estallar sin pensármelo?  Era una pila descargada.  Muerto de miedo, no acertaba ni a desabrochar el cinturón.

 

[…]  A todo esto el del Lacio señalaba a mi madre con la mano abierta.

 

-¿Sólo porque eres un coño seco forrado de pasta crees que puedes hacer lo que te da la gana? ¿Que el mundo es tuyo?

 

La del pelo rizado empezó a dar palmadas.

 

-Eso, Teodoro, cántale las cuarenta a esa zorra.

 

Yo tenía que reaccionar, pero sólo pensaba en que el tipo se llamaba Teodoro y yo no conocía a nadie que se llamara Teodoro.

 

Respiraba hondo para desechar aquella idea estúpida.  Las orejas y el cuello me ardían y la cabeza me daba vueltas.

 

A lo mejor Teo, el viejo cocker de la del primero, se llamaba en realidad Teodoro.

 

Tenía que irme enseguida, yo no tenía la culpa de aquello, ya le había dicho que el vestido era muy provocativo, si me hubiera hecho caso…

 

Me desabroché el cinturón pero no lograba moverme.

 

Estaba sentado sobre un gigante de piedra que me tenía cogido y no me soltaba.

[…]

 

Mi madre cerró los ojos.  Yo sentí que el gigante me ceñía entre sus brazos de piedra hasta cortarme la respiración, y que de un brinco hacía saltar el techo del coche y ambos salíamos volando, volando sobre la gente, sobre el del Lacio, sobre mi madre, que seguía tirada en el suelo, sobe los coches, sobre los tejados llenos de cuervos, sobre las torres de las iglesias.

 

Y me desmayé.

 

(Niccolò Ammaniti, 1966…)

 

 

TRISTEZA

 YO ESTOY SOLO EN LA TARDE.  MIRO LEJOS…

 Yo estoy solo en la tarde. Miro lejos,
desesperadamente lejos. Quedan
por el aire las últimas palabras
de los enamorados que se alejan.

Las nubes saben dónde van, mi sombra
nunca sabrá dónde el amor la lleva.
¿Oyes pasar las nubes, dime, oyes
resbalar por el césped mi tristeza?

Nadie sabe que amo. Nadie sabe
que si llegó el amor trajo su pena.
Yo estoy sólo en la tarde y miro lejos.
No sé de dónde vienes a mis venas.

Te me vas de las manos, no del alma.
Nos separan montañas, vientos, fechas.
El amor, cuando menos lo pensamos,
se nos viste de ausencia.

Estoy en soledad. Miro a lo lejos
oscurecer la tarde y mi tristeza.
Estoy pensando en ti y estoy pensando
que acaso en soledad también me piensas.

 

(Rafael Montesinos, 1920-2005)

 

CONFIANZA

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevaré el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa:

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

(Francisco de Quevedo, 1580-1645)

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RABIA

LIBRO DE LOS JUECES (Fragmento)

Los filisteos lo agarraron, le vaciaron los ojos y lo bajaron a Gaza; lo ataron con cadenas y lo tenían moliendo grano en la cárcel. (Pero el pelo de la cabeza le empezó a crecer después de cortado).

 

Los príncipes filisteos se reunieron para tener un gran banquete en honor de su dios Dagón y hacer fiesta.  Cantaban:

 

“Nuestro dios nos ha entregado

a Sansón, nuestro enemigo”.

 

Cuando ya estaban alegres, dijeron:

 

– Sacad a Sansón, que nos divierta.

 

Sacaron a Sansón de la cárcel, y bailaban en su presencia.  Luego lo plantaron entre las columnas.  La gente al verlo alabó a su dios:

 

“Nuestro dios nos ha entregado

a Sansón, nuestro enemigo,

que asolaba nuestros campos

y aumentaba nuestros muertos”.

 

Sansón rogó al lazarillo:

 

-Déjame tocar las columnas que sostienen el edificio para apoyarme en ellas.

 

(La sala estaba repleta de hombres y mujeres; estaban allí todos los príncipes filisteos, y en la galería había unos tres mil trescientos hombres y mujeres, viendo bailar a Sansón).

 

El gritó al Señor:

 

-¡Señor, acuérdate de mí!  Dame la fuerza al menos esta vez para poder vengar en los filisteos, de un solo golpe, la pérdida de los dos ojos.

 

Palpó las dos columnas centrales, apoyó las manos contra ellas, la derecha sobre una y la izquierda sobre la otra, y al grito de “¡A morir con los filisteos!”, abrió los brazos con fuerza, y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre la gente que estaba allí.  Los que mató Sansón al morir fueron más que los que mató en vida.

(Anónimo, s. VII a.d.c.)

 

 

CULPA

MI VAQUERILLO

He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos
el rapaz su raquítica manta
¡y se quiso quitar-¡pobrecito!-
su blusilla y hacerme almohada!
Una noche solemne de junio,
una noche de junio muy clara…
Los valles dormían,
los búhos cantaban,
sonaba un cencerro,
rumiaban las vacas…
y una luna de luz amorosa,
presidiendo la atmósfera diáfana,
inundaba los cielos tranquilos
de dulzuras sedantes y cálidas.
¡Qué noches, qué noches!
¡Qué horas, qué auras!
¡Para hacerse de acero los cuerpos!
¡Para hacerse de oro las almas!
Pero el niño ¡qué solo vivía!
¡Me daba una lástima
recordar que en los campos desiertos
tan solo pasaba
las noches de junio
rutilantes, medrosas, calladas,
y las húmedas noches de octubre,
cuando el aire menea las ramas,
y las noches del turbio febrero,
tan negras, tan bravas,
con lobos y cárabos,
con vientos y aguas!…
¡Recordar que dormido pudieran
pisarlo las vacas,
morderle en los labios
horrendas tarántulas,
matarlo los lobos,
comerlo las águilas!…
¡Vaquerito mío!
¡Cuán amargo era el pan que te daba!
Yo tenía un hijito pequeño
-hijo de mi alma,
que jamás te dejé si tu madre
sobre ti no tendía sus alas!-
y si un hombre duro

le vendiera las cosas tan caras!…
Pero ¿qué van a hablar mis amores,
si el niñito que cuida mis vacas
también tiene padres
con tiernas entrañas?
He pasado con él esta noche,
y en las horas de más honda calma
me habló la conciencia
muy duras palabras…
Y le dije que sí, que era horrible…,
que llorándolo el alma ya estaba.
El niño dormía
cara al cielo con plácida calma;

la luz de la luna
puro beso de madre le daba,
y el beso del padre
se lo puso mi boca en su cara.
Y le dije con voz de cariño
cuando vi clarear la mañana:
-¡Despierta, mi mozo,
que ya viene el alba
y hay que hacer una lumbre muy grande
y un almuerzo muy rico… ¡Levanta!
Tú te quedas luego
guardando las vacas,
y a la noche te vas y las dejas…
¡San Antonio bendito las guarda!…
Y a tu madre a la noche le dices
que vaya a mi casa,
porque ya eres grande
y te quiero aumentar la soldada…

(Gabriel y Galán,  1870-1905)

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ALEGRÍA

LAS COSAS QUE NO NOS DIJIMOS (Fragmento)

A las diez y media de la noche, tanto en el Este como en el Oeste, todos habían acudido a los diferentes puestos de control.  Los militares, superados por los acontecimientos, sumergídos en esas oleadas de millares de personas ansiosas de libertad, no podían hacer nada por contenerlas.  En Bornheimer Strasse las barreras se levantaron, y Alemania inició el camino de la reunificación.

 

Ibas de un lado a otro de la ciudad, recorriendo sus calles hacia tu libertad, y yo caminaba hacia ti, sin saber ni comprender qué era esa fuerza que me impulsaba a seguir avanzando. […]Corrí a mi vez, corrí para escapar de esa multitud que me oprimía  […] Algunos de tus conciudadanos, los que encontraban insoportables estas últimas horas de espera en los puestos de seguridad, empezaban ya a escalarlo.  A este lado del muro, os aguardábamos expectantes.  A mi derecha, algunos abrían los brazos para amortiguar vuestra caída; a mi izquierda, otros trepaban a hombros de los más fuertes para veros acudir, prisioneros aún de vuestra tenaza de acero, durante unos metros todavía.  Y nuestros gritos se mezclaban con los vuestros, para animaros, para apagar el miedo, para deciros que estábamos ahí, con vosotros.  Y, de repente, yo, la americana que había huido de Nueva York, hija de una patria que había luchado contra la tuya, en medio de tanta humanidad al fin recuperada, me sentía alemana; y, en la ingenuidad de mi adolescencia, a mi vez, murmuré “Ich bin ein Berliner”, y lloré.  Lloré tanto, Tomas…[…]

 

La muchedumbre se hacía más tumultuosa por momentos.  La gente corría hacia el Muro.  algunos empezaron a golpearlo con herramientas improvisadas, como destornilladores, piedras, piolets, navajas…, medios irrisorios, pero el obstáculo tenía que ceder.  Entonces, a unos metros de allí, se produjo lo increíble; uno de los mejores violonchelistas del mundo se encontraba en Berlín.  Advertido de lo que estaba ocurriendo, se había unido a nosotros, a vosotros.  Apoyó su instrumento en el suelo y se puso a tocar.  ¿Fue esa noche o al día siguiente? Poco importa, sus notas de música también abrieron una brecha en el Muro.  Fa, la, si, una melodía que viajaba hacia vosotros, pentagramas en los que flotaban melodías de libertad.  Ya no era yo la única que lloraba, ¿sabes? Vi muchas lágrimas esa noche.  Las de esa madre y esa hija que se abrazaban fuerte, fuerte, conmovidas al reencontrarse después de veintiocho años sin verse, sin tocarse, sin respirarse.  Vi a padres de cabello cano creer reconocer a sus hijos entre miles de hijos.  Vi a esos berlineses a quienes sólo las lágrimas podían liberar del daño que les habían hecho.[…]

 

Antoine se detuvo en mitad de una plaza y gritó: “Pero ¿se puede saber al menos cómo se llama ese tipo al que llevamos horas buscando como idiotas?” Tú no comprendiste su pregunta.  Antoine gritó entonces, aún más fuerte: “¡Nombre, name, Vorname!”  Tú te cabreaste y contestaste gritando “¡Knapp!”.  Así se llamaba el amigo al que buscabas.[…]

 

En medio de esa multitud gigantesca, un rostro se volvió hacia nosotros.  Vi cruzarse vuestras miradas, un hombre de tu edad te observaba fijamente.  Casi sentí celos.

 

Como dos lobos separados de la jauría que se encontraran en el claro de un bosque, permanecisteis inmóviles observándoos.  Entonces Knapp dijo tu nombre: “¿Tomas?”.  Vuestras siluetas se veían hermosas sobre las calles adoquinadas del Berlín Occidental.  Abrazaste a tu amigo.  La alegría reflejada en vuestros rostros era sublime. […] Tú apoyaste la cabeza en el hombro de tu mejor amigo. Viste entonces que yo te estaba mirando, la levantaste enseguida y me repetiste: “El mundo es grande, pero la amistad es inmensa”, y ya no hubo manera de consolar a Antoine.  (Marc Levy, 1961…)

 

 

DEPRESIÓN

 Texto original en Catalán

 DESOLACIÓ

 Jo só l’esqueix d’un arbre, esponerós ahir,

que als segadors feia ombra a l’hora de la sesta;

mes branques una a una va rompre la tempesta,

i el llamp fins a la terra ma soca migpartí.

 

Brots de migrades fulles coronen el bocí

obert i sense entranyes, que de la soca resta;

cremar he vist ma llenya; com fumerol de festa,

al cel he vist anar-se la millor part de mi.

 

I l’amargor de viure xucla ma rel esclava,

i sent brostar les fulles i sent pujar la saba,

i m’aida a esperar l’hora de caure un sol conhort.

 

Cada ferida mostra la pèrdua d’una branca;

sens mi, res parlaría de la meitat que em manca;

jo visc sols per a plànyer lo que de mi s’es mort.

 

(Joan Alcover, 1854-1926)

 

 Traducción al castellano

DESOLACIÓN

Yo soy el esqueje de un árbol, frondoso ayer,

que a los segadores daba sombra a la hora de la siesta;

mis ramas una a una rompió la tempestad

y el rayo hasta la tierra mi tocón medio partió.

 

Brotes de raquíticas hojas coronan el hueco

abierto y sin entrañas, que del tocón queda;

quemar he visto mi leña; como humareda de fiesta,

al cielo he visto irse la mejor parte de mí.

 

Y la amargura de vivir sorbe mi raíz esclava,

y siente brotar las hojas i siente subir la savia,

y me ayuda a esperar la hora de recibir un sólo consuelo.

 

Cada herida muestra la pérdida de una rama;

sin mí, nada hablaría de la mitad que me falta;

yo vivo solamente para llorar lo que de mí murió.

 

AMOR

ME BASTA ASÍ

Si yo fuera Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera que los panaderos

prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar la mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

-de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso-;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo, mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando –luego- callas…

Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.

 

(Ángel González, 1925-2008)

 

 

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