Operaciones Cognitivas

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OBSESIÓN

Original en gallego:

Cando penso que te fuches,

negra sombra que m’asombras,

ó pé d’os meus cabezales

tornas faciéndome mofa.

Cando maximo qu’és ida

N’o mesmo sol te m’amostras,

Y eres a estela que brila,

Y eres ó vento que zoa.

Si cantan, ês ti que cantas;

Si choran, ês ti que choras,

y-ês o murmurio d’o río,

y-ês a noite, y-ês a aurora.

En todo estás e ti ês todo,

Pra min y-en min mesma moras,

Nin m’abandonarás nunca

Sombra que sempre m’asombras.

(Rosalía de Castro, 1837-1885)

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Traducción castellana:

Cuando pienso que te has ido,

Negra sombra que me asombras,

Al pie de mis cabezales

Tornas haciéndome mofa.

Si imagino que te has ido

Te me muestras en el mismo sol,

Y eres la estrella que brilla,

Y eres el viento que ulula.

Si cantan eres tú quien canta,

Si lloran eres tú quien llora,

Y es el murmullo del río,

Y es la noche, y es la aurora.

En todo estás y eres todo

Para mí y en mí misma moras,

Ni me abandonarás nunca,

Sombra que siempre me asombras

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PRESENTIR

EL CABALLERO DE OLMEDO (Fragmento)

Que de noche lo mataron

Al caballero,

la gala de Medina,

la flor de Olmedo.

Sombras le avisaron

que no saliese,

y le aconsejaron

que no se fuese

el caballero,

la gala de Medina,

la flor de Olmedo.

(Lope de Vega, 1562-1635)

 

BLOQUEO MENTAL

LO INEFABLE

YO MUERO EXTRAÑAMENTE… No me mata la vida,

no me mata la Muerte, no me mata el Amor;

muero de un pensamiento mudo como una herida…

¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,

devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?

¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida

que os abrasaba enteros y no daba fulgor?

¡Cumbre de los Martirios!… ¡Llevar eternamente,

desgarradora y árida, la trágica simiente

clavada en las entrañas como un diente feroz!…

Pero arrancarla un día en una flor que abriera

milagrosa, inviolable… ¡Ah, más grande no fuera

tener entre las manos la cabeza de Dios!

(Delmira Agustini, 1886-1914)

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RECORDAR

CUANDO MI PADRE PINTABA

Cuando mi  joven padre pintaba yo era apenas

una oscura ardillita merodeando en su torno.

Mi padre era ingeniero.  Con los ojos profundos

a fuerza de difícil y exacta matemática.

Era magro y esbelto.  Yo no sabía entonces

que mi frente morena era igual a la suya.

Mi padre me gustaba.  Llevaba un gran bigote

ya pasado de moda, con auténticas guías

dulcemente afiladas.

Cuando las colegialas a la hora del recreo

presumíamos bobas de papás y juguetes,

aquél largo bigote tuvo más importancia

que un surtido de cromos o un muñeco de china.

Mi padre era ingeniero y amaba los paisajes.

Quería capturarlos en rectángulos breves

y llevarlos consigo.

Cuando íbamos al campo o al mar, en vacaciones,

meticulosamente, sabiamente pintaba.

Y era un gozo asombrado contemplar la obediencia

con que todo acudía y quedaba ordenado

en el lienzo tirante.

(Cuando mi joven padre pintaba, sólo entonces,

fumaba en pipa.  A veces silbaba por lo bajo,

desafinando mucho, romanzas de zarzuela.)

Cuando mi joven padre pintaba sin astucia

era tremendamente consolador y cómodo

ver un árbol honesto pareciéndose a un árbol.

Era profundamente positivo y seguro

ver las vacas rollizas ilustrando los céspedes

y casitas de enhiesta chimenea humeante.

Y era lindo mirar cómo el sol se ponía

agotando los tubos de carmín y cinabrio

sobre un mar de esmeraldas y encaje de bolillos.

Todo era claro y dulce, porque, amigos, entonces,

cuando mi joven padre pintaba, yo era sólo

una ardilla inocente sin malicia ni versos

 (Ángela Figuera, 1902-1984)

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PREVER

Hermana Marica,
Mañana, que es fiesta,
No irás tú a la amiga
Ni yo iré a la escuela.

Pondraste el corpiño
Y la saya buena,
Cabezón labrado,
Toca y albanega;

Y a mí me podrán
Mi camisa nueva,
Sayo de palmilla,
Media de estameña;

Y si hace bueno
Trairé la montera
Que me dio la Pascua
Mi señora abuela,

Y el estadal rojo
Con lo que le cuelga,
Que trajo el vecino
Cuando fue a la feria.

Iremos a misa,
Veremos la iglesia,
Darános un cuarto
Mi tía la ollera.

Compraremos dél
(Que nadie lo sepa)
Chochos y garbanzos
Para la merienda;

Y en la tardecica,
En nuestra plazuela,
Jugaré yo al toro
Y tú a las muñecas

Con las dos hermanas,
Juana y Madalena,
Y las dos primillas,
Marica y la tuerta;

Y si quiere madre
Dar las castañetas,
Podrás tanto dello
Bailar en la puerta;

Y al son del adufe
Cantará Andrehuela:
No me aprovecharon,
madre, las hierbas.

Y yo de papel
Haré una librea
Teñida con moras
Porque bien parezca,

Y una caperuza
Con muchas almenas;
Pondré por penacho
Las dos plumas negras

Del rabo del gallo,
Que acullá en la huerta
Anaranjeamos
Las Carnestolendas;

Y en la caña larga
Pondré una bandera
Con dos borlas blancas
En sus tranzaderas;

Y en mi caballito
Pondré una cabeza
De guadamecí,
Dos hilos por riendas;

Y entraré en la calle
Haciendo corvetas,
Yo y otros del barrio,
Que son más de treinta;

Jugaremos cañas
Junto a la plazuela,
Porque Barbolilla
Salga acá y nos vea;

Bárbola, la hija
De la panadera,
La que suele darme
Tortas con manteca,

Porque algunas veces
Hacemos yo y ella
Las bellaquerías
Detrás de la puerta.

(Luis de Góngora, 1561-1627)

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RAZONAMIENTO INTUITIVO

PERDÓNAME POR IR ASÍ BUSCÁNDOTE

Perdóname por ir así buscándote

tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan só1o a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.

(Pedro Salinas, 1891-1951)

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CALCULAR

BELLA DEL SEÑOR (Fragmento)

Total- repitió Adrien Deume-, doce días de descanso suplementario.  ¿Estás de acuerdo?  (Escribió cuidadosamente la cifra doce con su bonito portaminas de oro, sin dejar de sonreír de placer y satisfacción.)  Luego, dos veces al año, me las ingenio para marcharme con un permiso especial por enfermedad previa presentación de certificado médico.  Agotamiento, vamos.  A propósito, a que no estaba mal la fórmula del último certificado.  Depresión reaccional, ¿no era un hallazgo?  Dos permisos por enfermedad de quince días cada uno sólo para no tirar demasiado de la cuerda.  ¡Total, treinta días de descanso suplementario!  Treinta y doce son cuarenta y dos, ¿no es así, de acuerdo? ¡Total, cuarenta y dos! (Tras anotar la cifra la saludó con un sentidísimo pom-pom.)  Tenemos luego los treinta y seis días laborables del permiso anual oficial, el permiso normal, legal, vamos, artículo cuarenta y tres del estatuto.  Bien. ¡Pero ojo, laborables! –gritó con entusiasmo-.  Luego, en realidad, nos vamos a mucho más de treinta y seis días de permiso! ¡Hay cinco días y medio laborables por semana ¡El asunto de los treinta y seis días laborables de permiso anual nos representa pues en realidad cuarenta y cinco días de no dar golpe!  Teníamos hasta ahora cuarenta y dos días de descanso suplementario. ¡Más cuarenta y cinco días de descanso legal, nos hacen ochenta y siete! ¿Sí o no? (Solícito:)  ¿Quieres contar al mismo tiempo que yo, cariño? (Le alargó una hoja y un lápiz.  Era la amabilidad en persona.)  ¡Total, ochenta y siete días de relajación!  Después –susurró jugando a picaruelo culpable-, están los cincuenta y dos sábados por la mañana, laborables en teoría pero festivos en la práctica ¡y durante los cuales el caballero Deume Adrien saborea el dolce far niente!  (Arrebatado por su goce, olvidando la necesidad del prestigio y de la gravedad viril, soltó una carcajada mecánica de colegial trasto, carraspeando guturalmente con la nariz.)  Y has de reconocer que es bien legítimo, no se puede hacer nada en una hora o dos.  Realmente no merece la pena pegarse el trayecto de Cologny al Palacio por dos horas de trabajo como máximo, ¡porque incluso los que vienen el sábado se largan al mediodía!  Así que.  Y además, Vevé nunca viene los sábados, el mismo viernes por la noche se larga en avión a mimar a sus capitostes de La Haya y de Amsterdam, a hacer la pelota, vamos.  Con que ¿por qué me voy a andar yo con remilgos?  Cincuenta y dos sábados por la mañana equivalen, pues, de hecho, digo bien de hecho, a veintiséis días de permisillo un poco especial.  Ochenta y siete y veintiséis nos planta en ciento trece, si no soy demasiado malo en matemáticas. ¿No quieres sumar tú por tu cuenta por si me equivoco? –preguntó solícito-.  Bien, de acuerdo, como quieras.  Estábamos pues en nuestro queridísimo ciento trece.  (Sacando la lengua, anotó la cifra.)  ¡Total, ciento trece! –canturreó.  Y luego, ojo, están los cincuenta y dos sábados por la tarde y los cincuenta y dos domingos.  Pero seamos rigurosos: ya he contado seis de cada en mi cálculo de permiso normal y cuatro de cada en mi cálculo de permiso por enfermedad.  ¿Me sigues?

-Sí.

-Luego, a ver, cincuenta y dos domingos menos diez, cuarenta y dos.  Estábamos en ciento trece.  Ciento trece más cuarenta y dos, nos coloca en ciento cincuenta y cinco días de descanso, más cincuenta y dos sábados por la tarde menos diez, cuarenta y dos, lo que nos supone veintiún días más de descanso.  Ciento cincuenta y cinco más veintiuno. ¡Ciento setenta y seis días de menda rascándose la barriga!  Vida diplomática ¿te das cuenta?

-Sí.

¡Pero aún nos quedan los días festivos oficiales!  Navidad, Viernes Santo, etcétera, doce días festivos, ¡artículo cuarenta y nueve!  Ciento setenta y seis más doce, ciento ochenta y ocho días de descanso.  Y eso es todo ¿no?

-Sí.

-¡No, cariño! –gritó, iluminado, y dio un golpe en la mesa-.  ¿Y los días de gratificación que nos conceden después de la Asamblea, dónde los metes? Dos, por lo común y, si la cosa ha sido muy dura, tres.  Ciento ochenta y ocho más dos, ya ves que soy moderado, nos planta en ciento noventa.  ¿Qué te parece?

–  Total, contestó ella.

– ¿Perdón? –preguntó desconcertado.

– Total.

– ¿Total qué?

– Tu total, lo que no paras de decir, te me he adelantado.

– Ah, bueno, bueno.  (Le había enredado.  Reinició sus cálculos.)

Había calculado bien.  ¡Total, ciento noventa días de reconfortante descanso! (Enmarcó con rayos solares la exquisita cifra de ciento noventa.  Y de repente, soltó una risita satánica.)  ¡Cariño, que eso no es todo! (Puñetazo en la mesa.) ¡Están las misiones!  ¡Las misiones, recórcholis!  Como término medio, dos misiones de quince días al año, que suponen dos días de trabajo efectivo cada una, porque, sabes, durante las misiones, de herniarte nada, eres dueño de tu persona, nadie va a vigilarte, haces lo que quieres, ¡y el trabajo de las misiones consiste más que nada en invitar a comilonas selectas!  En consecuencia, cuatro días de trabajo efectivo entre las dos misiones, nos arroja un beneficio de veintiséis días de asueto y distracciones diversas, ¡veintiséis días que añadiremos tan ricamente a los ciento noventa días precedentes! ¡total, doscientos dieciséis días de descanso al año!

Levantó victorioso la cabeza, desbordante de una alegría tan pura e infantil que ella, con el índice, le rozó la mano, inundada por una especie de piedad.  Miró a su querida mujer con los ojos brillantes de gratitud.

– Aguarda –susurró- voy a enseñarte un secreto.

Sacó del cajón central una inmensa hoja cuadriculada, repleta de columnas de cifras microscópicas, trazadas con exquisita minuciosidad.  Parecían ejércitos de hormigas.

– Es un calendario para treinta años –explicó, no sin un pelín de apuro-. Me ha llevado semanas hacerlo.  Mira, cada columna es un año  Treinta columnas de trescientos sesenta y cinco días, salvo los bisiestos, claro está.  Los días tachados son los que he pasado aquí.  Ves, ¡más de cinco años que me he tirado ya!  ¿A que será estupendo cuando llegue aquí? –dijo, señalando la parte inferior de la columna que hacía el número treinta-.   Así que me quedan un poco menos de veinticinco años por cumplir, o sea unos nueve mil días aún por tachar.  Cada día, comprendes, tacho una cifra.  Pero claro, está el problema de los fines de semana: ¿cuándo tengo que tachar el sábado y el domingo?  ¿El viernes por la tarde o el lunes por la mañana, según tú?

(Albert Cohen, 1895-1981)

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FANTASEAR

CANCIÓN DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO

La gaviota sobre el pinar.

(La mar resuena.)Se acerca el sueño. Dormirás,

soñarás, aunque no lo quieras.

La gaviota sobre el pinar

goteado todo de estrellas.

Duerme. Ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

No hay más que sombra.

Arriba,

luna.

Peter Pan por las alamedas.

Sobre ciervos de lomo verde

la niña ciega.

Ya tú eres hombre, ya te

duermes,

mi amigo, ea…

Duerme, mi amigo. Vuela un

cuervo

sobre la luna, y la degüella.

La mar está cerca de ti,

muerde tus piernas.

No es verdad que tú seas

hombre;

eres un niño que no sueña.

No es verdad que tú hayas

sufrido:

son cuentos tristes que te

cuentan.

Duerme. La sombra toda es tuya,

mi amigo, ea…

Eres un niño que está serio.

Perdió la risa y no

la encuentra.

Será que habrá caído al mar,

la habrá comido una ballena.

Duerme, mi amigo, que te acunen

campanillas y panderetas,

flautas de caña de son vago

amanecidas en la niebla.

No es verdad que te pese el

alma.

El alma es aire y humo y seda.

La noche es vasta.

Tiene espacios

para volar por donde quieras,

para llegar al alba y ver

las aguas frías que despiertan,

las rocas grises, como el casco

que tú llevabas a la guerra.

La noche es amplia, duerme,

amigo,

mi amigo, ea…

La noche es bella, está

desnuda,

no tiene límites ni rejas.

No es verdad

que tú hayas

sufrido,

son cuentos tristes que te

cuentan.

Tú eres un niño que está

triste,

eres un niño que no sueña.

Y la gaviota está esperando

para venir cuando te duermas.

Duerme, ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

Duerme, mi amigo…

Ya se duerme

mi amigo, ea…

(José Hierro, 1922-2002)

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RAZONAMIENTO LÓGICO

REDONDILLA

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


(Sor Juana Inés de la Cruz, 1651-1695)

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